10 de marzo de 2015

Capítulo 22 - En blanco

He estado cuatro días sin poder acceder a Internet. No porque yo misma me haya castigado, sino porque ha habido un problema ajeno a mí. Aún no se ha resuelto, pero con un poco de astucia he encontrado una forma alternativa de poder seguir en contacto con mis amigos y todo aquello que conlleva la web.

El problema no es ese. He tenido cuatro días bastante desocupados en los que mi única función real era mantener mi casa limpia, pudiendo usar el tiempo restante en lo que mejor me pareciera. Y, evidentemente, pensaba dedicarme a escribir.

No sé si es porque ahora mismo no estoy pasando por un buen momento personal o simplemente que el estrés de mi situación me tiene cegada, pero aunque he cogido mi libreta y me he sentado a hacer trabajar mi imaginación, no he sacado ni una mísera palabra. Me siento realmente frustrada por ello.

Supongo que lo mejor que puedo hacer por mí misma es intentar relajarme. Quizá solo así me vuelvan las ideas y la forma de plasmarlas en el papel.

15 de febrero de 2015

Sephiroth's Inferno - Capítulo 2: Aqueronte

La fragancia a flores y las llamas del atardecer que reinaban en Evesalam pronto se vieron sustituidas por un olor a azufre y un cielo oscuro y lleno de fuego. Era como si hubiera llegado a otro mundo, lleno de dolor y penitencia.

No había nada a mi alrededor. Solo tierra. No había nadie ni nada. Una meseta yerma que, al parecer, había que cruzar para llegar al río. Lo único que realmente existía en aquel paraje desolador era el portal que Inoru y yo acabábamos de cruzar, idéntico al que habíamos dejado atrás en Evesalam, pero sin la sustancia que ondeaba dentro de él ni las palabras grabadas. Era un simple círculo de piedra. Una puerta que solo se podía cruzar desde el otro lado.

—Espero que estés preparado para todo lo que vas a ver aquí. Este viaje no es fácil, Sephiroth. Pero está escrito que lo superarás.

—Gracias por destriparme el final —respondí lleno de ironía, intentando vanamente darle un toque de humor a la situación. Aunque sabía que no iba a funcionar con ella.

Sin mediar más palabras entre nosotros, Inoru tomó la ventaja y comenzó a andar, como si supiera ver el camino que había que seguir en ese suelo muerto. Verla caminar resultaba bastante paradójico, pues sus prendas de hojas y sus broches de rosas blancas eran la contraparte de la tierra que nos tocaba cruzar. Era como si la vida se estuviera abriendo paso a través de la muerte. Solo que en este lugar ya no hay vida.

Fue difícil seguir el ritmo, pues empezaba a hacer un calor algo molesto. Tanto, que decidí que era mejor que me quitara mi capa y la abandonara allí. Me sentiría un poco desprotegido, pero aún podía llevar conmigo la Masamune, por si acaso. Así, teniendo por única vestimenta mis pantalones y mis botas manchadas por el incidente de hacía un rato, me dispuse a seguirle el ritmo a mi guía.

La larga travesía y el calor me estaban haciendo daño, pues me notaba sediento y cada vez más cansado. La caminata que tuvimos que dar en Evesalam no fue tan pesada debido a que el ambiente era más fresco. Aquí, en cambio, cada paso se iba convirtiendo en una tortura que, tarde o temprano, desembocaría en una fatiga mortal.

—No queda mucho para llegar. Sería buena idea que descansáramos allí.

No quise responder, pero era obvio que estaba fatigado. Aunque mi forma física era muy buena, yo no estaba preparado para soportar aquellas condiciones tan extremas. Mi respiración y mi cuerpo sudado me delataban. Necesitaba un respiro, y cuanto antes.

Sin embargo, cuando divisé a lo lejos un grupo de palmeras, me sentí interiormente recuperado. Aunque al parecer aún quedaba un trecho para llegar al Aqueronte, Inoru había dado con un lugar para poder reponernos del esfuerzo, aunque ella seguía igual de enérgica y vital que cuando nos encontramos. Así, sin pensar en la posibilidad de si era un espejismo o no, corrí hacia donde vi aquel oasis, ignorando los gritos de mi garganta, que me suplicaba un trago infinito de agua bien fresca.

Mi vista me había traicionado, pues aquel paraje estaba más lejos de lo que había calculado. Por ello, en lugar de administrar las pocas energías que me quedaban, las malgasté corriendo movido por la esperanza. Por eso, hubo un trecho que tuve que recorrer prácticamente arrastrándome por aquella tierra seca y caliente. No obstante, mi esfuerzo mereció la pena, pues el oasis era real.

No quise pedirle ayuda a Inoru, pues aunque sabía que era fuerte, en cierto modo ya le debía la vida. No quería deberle más favores a un ser del que solo sabía su nombre y poco más. Aunque era muy afable, tenía la impresión de que me escondía algo. En principio, que me guardara un secreto o más no me resultaba un motivo lo suficientemente sólido como para desconfiar de ella. Pero sí para tomar mis precauciones.

—¿Estás bien? —me preguntó mirándome con cara de auténtica preocupación.

Quise responderle e intentar tranquilizarla, pero me sentía tan exhausto que ya ni los estertores podían salir de mi boca. ¿Por qué me sentía tan débil en este lugar? Para mi sorpresa, en lugar de abandonarme y dejarme morir del todo, el hada vampiro sacó fuerzas de flaqueza y me tomó por el brazo derecho, pasándoselo por los hombros. Y, a continuación, usó su brazo izquierdo para agarrarme por la cintura.

—Pronto estaremos allí. Aguanta —me anestesió con las notas de su voz.

Fueron unos minutos interminables, pues yo era incapaz de valerme por mí mismo y mi acompañante tenía ciertos problemas para cargar con mi peso. Aunque aparentaba estar bien, empecé a notar su piel ligeramente sonrosada bastante sudorosa. Ella también necesitaba descansar y reponerse. Su esfuerzo terminó por verse recompensado, pues conseguimos entrar en aquel refugio verde.

Inoru me soltó casi como si fuera un simple saco de patatas, pero estaba tan cansado que ni siquiera me quejé. De hecho, me sentía como si hubiera dejado de pertenecer al mundo. No era consciente de nada, salvo de mi propia fatiga. Hasta que una buena cantidad de agua acabó empapándome la cara.

—¡Hooooola! ¿Te sientes mejor?

Sonreí a modo de agradecimiento, pues ciertamente me había sentado bastante bien. Aún me sentía cansado, pero al menos ya no era víctima de aquel calor sofocante y la sequedad de garganta.

—Has encontrado agua, ¿podrías decirme dónde?

—¡Claro! —me sonrió mientras me respondía—. Si te levantas verás claramente donde.

Hice caso a mi guía y me incorporé. Necesitaba beber muchísima agua y refrescarme por completo, amén de limpiar mis botas. Seguramente esta fuera la única oportunidad de hacerlo, y no quería desaprovecharla. No tardé en divisar el pequeño lago que ocultaban las palmeras, así que me arrodillé ante él y, usando mis manos a modo de cuenco, las metí en el agua y me las llevé a la boca. El líquido estaba fresco, por lo que bebí hasta quedarme totalmente satisfecho. En cuanto a mis botas, con meterlas y sacudirlas un poco dentro del estanque quedaron limpias. Una vez que hice todo esto, volví con Inoru, que había preparado dos camas improvisadas con lo que había podido encontrar en el oasis. Era hora de descansar.

***

Al contrario de lo que pensaba, había podido dormir sin contratiempos. Además, mi guía se había tomado la molestia de buscar dátiles, por lo que habíamos tenido un desayuno más o menos decente, dada nuestra situación. Sabiendo que el Aqueronte no estaba muy lejos de allí, abandonamos el oasis. Nuestro destino nos esperaba.

No nos alejamos mucho de nuestro punto de partida cuando comencé a escuchar un ruido lejano. No podía identificarlo con claridad, pero me ponía los pelos de punta. Intrigado, no me quedó más remedio que continuar la travesía. Y, con cada paso, el ruido iba tomando forma, hasta que llegamos a un acantilado y comprendimos que todo lo que hablaban sobre el Infierno era totalmente cierto.

Lo primero que nos llamó la atención tanto al hada vampiro como a mí fue la ingente cantidad de almas que esperaban su turno para cruzar el río, cuyas aguas eran de un tono escarlata que, sin lugar a dudas, delataba que aquellas aguas en realidad estaban formadas por la sangre de los condenados.

La única forma de bajar ese acantilado era valiéndose de las rocas que sobresalían en aquella pared casi vertical. No parecía muy difícil, así que, en lugar de utilizar mi ala y descender volando, lo hice siguiendo el camino que parecían marcar las rocas.

Una vez llegamos a la orilla del Aqueronte, tanto Inoru como yo nos sentimos un poco agobiados por la gran cantidad de condenados que allí había. Eran tantos que allá donde mirara no hacía más que ver sus almas, esperando nuevos tormentos que estaban reservando para castigar sus pecados en vida. Algunas almas aceptaban su destino y se mostraban firmes. Otras, temerosas de lo que podía ocurrirles, estaban encogidas en el suelo, llorando en posición fetal. Lo que siempre estaba presente en sus miradas era el terror y la incertidumbre.

—En cuanto Caronte vuelva, podremos cruzar el río. Tengo dos monedas de oro, así que tenemos más que suficiente para cruzar nosotros.

—Espera… ¿Hay que pagar para cruzar?

—¡Claro! Si no tienes dinero, Caronte se niega a llevarte y te toca esperar en esta orilla hasta que El maligno te reclama. Pero él se niega a llevar viajeros gratis.

—Vaya, me sorprende que incluso en este lugar haya alguien haciendo negocio…

Resignado ante tal revelación, no me quedó más remedio que esperar a que el infame barquero apareciera para llevarse un nuevo «cargamento» de condenados. Pero, ¿y si los únicos que podíamos pagar el viaje hasta la otra orilla éramos mi guardiana y yo? En cualquier caso, no nos quedaba otra alternativa salvo avanzar. No obstante, mientras nuestro destino surcaba las aguas sanguinolentas, me aparté de la multitud y de los gritos de terror, pues necesitaba disfrutar de unos momentos de soledad. Era perfectamente consciente de que no volvería a estar solo en ese viaje.

De repente, mi pie izquierdo se topó con algo. Al principio pensé que sería una piedra, pero bajé mi mirada y encontré que lo que había pisado era un pequeño saquito. La curiosidad me embargaba, así que lo tomé y lo abrí. Eran monedas de plata. No las conté, pero había un papiro bien enrollado en el interior, así que lo saqué y lo leí para mis adentros.

Dudo que alguien encuentre esto algún día, pero necesito purgar mi culpa antes de ser condenado al ardiente frío que me espera en los cocitos del Noveno Círculo. Soy Judas Iscariote, quizá el traidor más grande después de El maligno y de Caín. Vendí por treinta míseras monedas de plata la vida de mi Mesías, por lo que traicioné a toda la humanidad con mi codicia.

La vergüenza y el arrepentimiento fueron tan grandes que opté por acabar con mi miserable vida ahorcándome. No ores por mí, pues yo mismo vendí mi única esperanza de salvación.

Después de leer el mensaje que había dejado el dueño de aquel vil metal, enrollé el papiro dejándolo tal y como lo encontré, lo metí de vuelta en el saquito y lo abandoné justo donde lo había encontrado. Al lugar donde iba no iba a necesitar esas monedas ni esa confesión. Aunque fuera una información valiosa de lo que me esperaba si avanzaba.

Opté por volver junto a Inoru y esperar juntos a Caronte, pero justo alcancé al hada, noté que la sangre del río se movía de una forma más violenta de lo esperada. Eso quería decir que nuestro transporte estaba a punto de llegar. No podía divisarlo, pues el curso del río era bastante enrevesado, pero a juzgar por el movimiento de las aguas, se podía adivinar que la embarcación era bastante grande.

La espera se hizo interminable, pero cuando Caronte llegó hasta donde estábamos esperándole, tanto el hada vampiro como yo nos quedamos sobrecogidos. El barco era tan grande que podría llevar en él a todos los que estaban en esa orilla del río sin mayor esfuerzo.

En cuanto al barquero, yo me imaginaba un anciano frágil y un tanto protestón. Sin embargo, me encontré a alguien que de seguro superaba los dos metros y medio de estatura, joven y musculoso. Sin embargo, no llevaba remos ni ningún instrumento para guiar el barco. Lo que sí poseía eran dos látigos, uno en cada mano. Cuando vi que el navío era propulsado por ocho remeros, entendí la finalidad de aquel instrumento.

¿Acaso remar entre orilla y orilla y ser azotado también era un castigo? Porque, si así lo era, todos los que estábamos aquí nos encontrábamos igual de perdidos. Hombres y mujeres, niños y ancianos, humanos o no, todos teníamos en común tan solo una cosa: la condena que nos esperaba en la otra orilla. Y algunos ni siquiera necesitaban cruzar el Aqueronte para conocer su condena.

—¡Perded vuestra esperanza, criaturas malditas! —gritó el gigante antes de lanzar un puente de madera para que todos los que podíamos pagar el viaje pudiéramos subir—. ¡Quien aquí sube, acepta su destino y su condena!

Aunque la advertencia que encontramos en el portal de Evesalam era muy clara, las palabras de Caronte no dejaban lugar a dudas: quien entraba en el Infierno no podría salir ni ser redimido. Solo ser castigado hasta que el todo fuera la nada. Hasta el fin de los días.

—Es hora de embarcar, Sephiroth —susurró mi acompañante en un soplido casi inaudible. Ella también se sentía intimidada.

—Tenemos que hacerlo. Ya no hay vuelta atrás.

Sin más, Inoru me tendió una de las dos monedas de oro. Sin ella, seguramente Caronte me cogería con sus brazos y me tiraría al Aqueronte sin darme oportunidad alguna. Y no quería ahogarme en un río de sangre.

El hombre, cubierto por una parca negra como la que llevaba la Muerte, me arrebató la moneda justo en el mismo instante en el que puse el pie en su barco. Sin preguntarme ni nada. Solo actuó. Y así hizo con todos los que embarcamos en aquel viaje. Éramos muchísimos, así que ni me molesté en detenerme en contar.

Lo único que sí merecía mi atención en aquellos instantes era el estado de la espalda de los remeros. Las heridas producidas por los latigazos que debía darles Caronte para que remaran eran tan profundas que la piel estaba abierta, dejando que la sangre saliera de sus cuerpos. Además, al no llevar nada de ropa no había nada que pudiera protegerles de aquel castigo. En algún momento iban a caer presos de la fatiga, lo que significaba que esas pobres almas serían sustituidas por otros condenados. Y, así, el ciclo se repetiría sin final.

Aunque los gritos se habían vuelto la banda sonora de este lugar y el olor a azufre y a hierro eran lo más normal en este mundo, me encogí sobre mí mismo, dejando que mi pecho desnudo se encontrara con mis rodillas. Aunque gracias a Inoru había podido despejar mi cabeza, lo cierto es que aún tenía muchas preguntas en mi cabeza. De hecho, ella me daba razones para tener aún más incógnitas por resolver.

Para empezar, ¿cuál era el propósito de mi viaje? ¿Yo también era un condenado? Y, en el caso de que lo fuera, ¿qué clase de condenado? ¿Cuál sería mi tormento? ¿Realmente no había forma de escapar al castigo eterno?

Intenté evadirme buscando el sonido de las aguas de color carmesí chocando contra la madera del barco, así como el chasquido de los látigos, que se encontraban con los cuerpos débiles y doloridos de quienes propulsaban el navío. Así, el viaje se me hizo más llevadero. Tanto, que casi me quedo dormido entre aquella multitud de almas heridas por sus propias faltas. Lo único que pudo sacarme de mi estupor fue el impacto contra la otra orilla, claro indicador de que ya habíamos cruzado.

—¡Salid, malditos! ¡Minos os espera en el Limbo para daros vuestro merecido!

Poco a poco, todas aquellas personas descendían por la rampa de madera, para internarse en el Primer Círculo. En cambio, cuando mi guía y yo intentamos hacer lo mismo, Caronte me cogió por el hombro y me empujó hacia atrás, casi dejándome caer en el proceso.

—¡Eh, tú, melenas! Tengo que hablar contigo. Y con tu amiguita de las rosas en el pelo también. Esperaos a que todos estos pecadores se larguen.

Sin darnos oportunidad ni para llevarle la contraria, dejó que todos y cada uno de los pasajeros fueran abandonando su embarcación. Cuando solo quedaban los remeros aparte de nosotros, Caronte se acercó y comenzó a hablarnos.

—Me consta que sois algo así como unos invitados especiales de El maligno. No sé por qué diantres está interesado en un tío con una melena demasiado cuidada y una tipa rara con alas y rosas en el pelo, pero debe ser importante. Necesitaréis una cosa para pasar desapercibidos al Juez Minos. Ya sabéis, para que no os condene por error. Aunque os vendría muy bien una temporada aquí abajo.

Después de aquella verborrea que para algunos podría haber resultado incluso ofensiva, aquel grandullón rebuscó en el interior de su parca, buscando un objeto. Tras unos segundos que se nos hicieron bastante largos, nos ofreció con su mano derecha dos collares de oro, con un pequeño colgante formado por nueve pequeños círculos concéntricos.

—Nunca, bajo ningún concepto, debéis quitaros este amuleto. Si os lo quitáis, Minos os olerá allá donde estéis e intentará juzgaros. Así que más os vale no apartaros de él ni para dormir. ¿Me habéis entendido, mequetrefes?

No quisimos responder, así que Inoru y yo nos miramos de una forma muy cómplice y nos pusimos los colgantes sin rechistar. Yo al menos había ganado una respuesta, pero las preguntas eran tantas que el saber que yo no era un vulgar condenado prácticamente ni se podía considerar información.

Tras aceptar el obsequio de Caronte, abandonamos su medio de transporte y pusimos los pies en tierra firme. Pero, para mi sorpresa, en aquel lugar la tierra no era una masa compacta y polvorienta sin vida. Había hierba. Además, el olor a azufre que prácticamente tenía metido en la nariz estaba siendo sustituido por una suave fragancia floral. ¿Acaso me estaba volviendo loco?

—¡Vaya! He olvidado contarte cosas sobre el Limbo!

—¿Qué clase de cosas?

—Como puedes ver, este es el único lugar del Infierno en el que podrás encontrar plantas y flores. Para algunos es una prolongación de Evesalam, por lo que no forma parte del Infierno. Para otros, sí que forma parte, siendo la entrada real.

—De acuerdo. ¿Algo más que deba saber?

—Sí. En este círculo reciben castigo aquellos que, en vida, no conocieron la verdadera fe. ¿Cuál es? No lo sé. Pero al no ser personas realmente malvadas, se les deja aquí, sin mezclarlos con los que son considerados pecadores.

—Así que, más que castigar, aquí aíslan a aquellos que no creen en cierta deidad.

—Eso mismo.

—¡Vaya decepción!

Inoru suspiró, contrariada por lo que pensaba del primer lugar que íbamos a visitar. Al menos estaba cumpliendo con su supuesto deber de informarme. Aunque lo cierto es que, al parecer, ella no estaba capacitada para responder a mis preguntas. Lo único que presuntamente podía hacer era guiarme por el camino correcto hasta que pudiera encontrarme con aquel que se hacía llamar «El maligno».

No nos quedaba más remedio que caminar un poco para intentarnos en el Limbo, pues, al igual que el portal que nos había llevado hasta la otra orilla del Aqueronte, estaba algo alejado del río. No fue nada complicado encontrar el camino, pues estaba señalizado con piedras y adornado con flores de todos los tipos y colores. Encontré aquel paraje bastante irónico, pero sabiendo que ya era imposible retroceder, avancé a paso rápido, alcanzando en pocos instantes el grupo de personas que habían cruzado el río con nosotros y del que nos habíamos tenido que separar por petición de Caronte.

No mucho después, empezamos a divisar a lo lejos una gran verja de barrotes negros, presumiblemente de metal. La vegetación se enredaba en los alargados metales, dándole a la valla un toque bastante bello y salvaje. Había una gran puerta abierta, casi tan ancha como la vía que todos nosotros estábamos recorriendo.

Era evidente que aquellas rejas indicaban el inicio del Primer Círculo del Infierno: el Limbo. El lugar donde las almas que no habían conocido la verdad moraban por toda la eternidad.

6 de febrero de 2015

Forajido

El amanecer me acogía entre sus brazos, como había hecho todos los días de mi vida. La fogata de anoche ya estaba reducida a cenizas, mi caballo dormía después de un duro día de galope y mi petaca de whisky yacía olvidada cerca de mi improvisado lecho y sin una triste gota en su interior.

¿Podría haber escogido una vida fácil? Sí. Podría haber heredado el rancho de mi padre. Podría haberme convertido en el nuevo sheriff. Incluso, si hubiera sido un hombre de bien, podría haber llegado a alcalde.

Pero esa no era la vida que yo quería. Yo necesitaba algo más. Y por eso me convertí en un forajido.

La dulce brisa de la aventura acariciaba mi rostro cada día, mientras cruzaba cañones y estepas a lomos de mi único amigo. A veces me topaba con otros como yo, pero mi determinación era tan grande que al final sucumbían ante mí. No en vano, nunca había suficiente sangre en mi puñal ni suficiente pólvora en mis manos.

Cuando llegaba a un pueblo nuevo, solía encontrarme carteles con mi cara ofreciendo una cantidad bastante generosa por mi cabeza. A pesar de que los arrancaba sin disimulo alguno, nadie se atrevía a toserme. Ni siquiera en el burdel, donde olvidaba el frío de las noches en el desierto refugiándome entre los pechos de alguna muchacha.

Aunque mis paseos por zonas habitadas eran fugaces, mi fama como villano iba creciendo cada vez más. Y, a pesar de intentar no ceder a mis deseos de sexo y alcohol, eran dos tentaciones inevitables y que poco a poco me iban costando más caro.

El alba era un regalo que no estaba dispuesto a desaprovechar, así que me defendí de aquellos que me querían ajusticiar clavándoles mi daga y disparando con mi revólver. No obstante, sabía que cada puñalada y cada bala me acercaban un paso más a la horca.

Aun así, no tenía miedo, porque aunque me hicieran desfilar hasta el patíbulo y hacer que me encontrara con la Parca, había algo que ni esa cuerda podría quitarme: mi libertad.

5 de enero de 2015

Sephiroth's Inferno - Capítulo 1: Evesalam

Notas: ¡perdón por la tardanza! Hasta ahora he estado realmente ocupada, y la verdad es que sigo estándolo, pero menos. La revisión ha sido superficial, pero creo que así se puede publicar sin problemas.

En medio del camino de la vida, estaba perdido en un bosque oscuro, pues me había apartado de mi senda. Aunque la luna llena hacía el esfuerzo de intentar arrojar algo de luz ente aquel caos verde que me envolvía, la oscuridad era tan espesa que quizá ni los rayos del amanecer podrían penetrar en aquel nuevo mundo que se abría ante mis ojos, desconcertados por saberse aún vivos.

Por suerte, conservaba mi larga capa negra para protegerme del frío y mi Masamune, pues necesitaría defenderme si algún monstruo salvaje aparecía en mi ruta. Y así, sin saber ni siquiera por qué seguía vivo, me decidí a avanzar, pues tal vez así podría encontrar mi rumbo. O tal vez perderme incluso más.

Fue un paseo largo, pues perdí todavía más la noción del tiempo mientras recorría aquella fortaleza de árboles en la que había despertado. Pero si había un detalle que me estaba desconcertando era que en aquel bosque no había vida. No escuchaba a los búhos ulular ni había visto ningún insecto nocturno, tales como arañas o escarabajos. Y tampoco me había encontrado con ningún otro ser humano. Era como, si aparte de la vegetación y mi persona, no hubiera nada más en aquel lugar.

Con aquel panorama tan desolador, traté de continuar con mi travesía, pero sumergiéndome en mis divagaciones. Después de aquel combate en el que prácticamente acabé muerto, terminé siendo parte de la Corriente Vital. Y no era una duda: era una certeza. Sé que invoqué a Cloud para que viniera hasta mí, pues necesitaba aquel último combate como estos árboles dependían del agua para vivir. Fue una imprudencia por mi parte, pues yo mismo firmé mi sentencia de muerte. Me autodestruí sin ni siquiera ser yo quien infligiera mis heridas.

Entonces, ¿por qué razón sigo existiendo? ¿Acaso aún soy un ente metafísico? Al fin y al cabo, aunque tenga los genes de Jénova, mi entendimiento humano no podría responder a estas preguntas de una forma satisfactoria. Era un enigma que iba a tener que descubrir a lo largo del viaje que me esperaba.

Estaba tan atento a mis pensamientos que fui incapaz de darme cuenta de que el suelo musgoso del bosque había sido sustituido en cuestión de segundos por una tierra arenosa y que parecía ser incapaz de soportar mi peso. Así, sin darme cuenta de ello, había caído en unas arenas movedizas. ¿Por qué en un lugar como ese había algo que era tan diferente? Parecía que cada paso encerraba un enigma que tendría que resolver.

Poco a poco, me fui hundiendo. Nunca en mi vida había visto algo así, y mucho menos, escapar de una situación como esta. ¿Cómo habría que hacer para escapar de aquí? Si supiera como hacerlo, ni me lo pensaba. En cambio, estaba seguro de que, si intentaba escapar, al final todo acabaría siendo peor. No quería arriesgarme.

—¡Rápido, agarra esta liana! Esas arenas movedizas no tienen fondo—me gritó un ser desde un árbol cercano, lanzándome la gruesa cuerda de vegetación para que me aferrara a ella y escapar.

Tenía un intenso color verde y aparentaba ser bastante resistente, por lo que podría soportar mi peso y el de mi katana sin problemas. Así, sin pensar siquiera si el ser que me estaba ayudando merecía mi confianza, agarré la liana. ¿Qué haría mi salvador?

Sin mediar palabra, empezó a tirar de su extremo de la liana, sacándome poco a poco de las arenas.

—¡Eso es! Mantente relajado o no podré sacarte de ahí.

Tras varios tirones bastante fuertes, consiguió sacarme de la trampa. De rodillas hacia abajo estaba manchado de arena. Era bastante pegajosa, así que era mejor que me esperara a encontrar agua para limpiar el bajo de mis pantalones y mis botas. No soportaba aquella suciedad.

Después de fijarme en aquello, se apareció ante mí quien me había ayudado a salir de las arenas movedizas. Era una chica con la piel pálida, con ligeros brillos sonrosados. Vestía una falda y un top hechos con hojas de árboles cosidas con hebras amarillentas y flexibles. Pero si había un detalle que realmente me desconcertaba es que ese ser tenía dos alas negras, que en ese momento descansaban plegadas. ¿Qué era ella?

—Hola. Acabas de llegar, ¿cierto? Tienes mucha suerte de que te haya encontrado a tiempo —me dijo dedicándome una sonrisa con sus labios de color carmesí, al igual que sus ojos, que parecían felices ante mi presencia.

—Intuyes bien. Desperté aquí. No sé donde estoy ni a dónde debo ir. Y parece ser que intentar encontrar el camino solo ha sido un acto muy imprudente por mi parte.

—No te culpes, por favor. Lo normal cuando te pierdes es justamente tratar de encontrarse. Estás en Evesalam, el nombre que le damos los de mi especie a la entrada del Infierno. Yo me llamo Inoru. Me han dicho que vendrías, Sephiroth.

¿Qué? ¿Cómo aquel ser alado sabía mi nombre y que acabaría en ese lugar? Sin poderlo remediar, una mirada de asombro salió de mis ojos, que aún brillaban con el color de la energía mako que había en mí.

—Así que esto es la entrada al Infierno… ¿No es demasiado halagüeño para lo que se supone que nos espera?

—¡No! Piensa que, quitando la vegetación, aquí no hay vida. No hay animales ni personas ni nadie viviendo en este lugar. La vida no vegetal en Evesalam es imposible. La única alternativa es encontrar la puerta que conduce al Aqueronte. Y a partir de ahí no hay regreso posible.

—Entonces debo deducir que tu misión es guiarme hasta esa puerta, que la cruce y me quede encerrado en el Infierno. ¿Es eso?

—Sí, pero no. En realidad, mi misión es mucho más amplia de lo que has dicho, Sephiroth. Mi misión no viene del Infierno, ni de Evesalam ni de nada que hayas visto en este mundo. Tu destino estaba sellado. Tu viaje es predestinado. Y yo he sido elegida para guiarte.

Aquella afirmación me estaba dejando aún más desorientado que cuando desperté aquí. ¿Eso quiere decir que todo cuanto he vivido hasta ahora no ha sido elegido por mí? ¿Absolutamente nada? ¿Dónde quedaba aquel libre albedrío que se supone que todos tenemos?

—Entonces, estás afirmando que mi vida no ha sido más que una sucesión de cosas en las que no he tenido la libertad de obrar según mi conciencia.

—Te equivocas. En realidad sí que has tenido capacidad de decisión. Pero, en tu caso, hicieras lo que hicieras, tarde o temprano las consecuencias iban a ser las mismas. Eso es lo que quería decir.

Aunque el sol seguía sin penetrar en aquella fortaleza verde, Inoru me apremiaba a seguir el camino que había perdido, pues el anochecer pronto nos sorprendería, y según había podido contarme mientras avanzábamos, Evesalam a partir del crepúsculo no era un lugar seguro, a pesar de que no hubiera vida allí. La muerte acechaba a aquellos que no eran lo suficientemente valientes como para cruzar el portal que nos dejaría cerca de la orilla del Aqueronte.

Eso quería decir que el destino para valientes y cobardes era exactamente el mismo: recibir su castigo en el Infierno. La diferencia estribaba únicamente en el modo de afrontar lo inevitable, pues el tormento sería el mismo.

En cuanto a Inoru, ella afirmaba ser un hada vampiro. Quizá no era una especie poderosa. Tampoco la más sabia. Pero sí una de las más longevas. No eran inmortales, pero su gran esperanza de vida y su cercanía con la vida del bosque les habían convertido en unos grandes guías allí donde estuvieran. Y otra característica muy especial es que, además de poderse exponer a la luz del sol sin temer la muerte, era que tenían por costumbre vestir y decorarse con los vegetales que los bosques les aportaban. De ahí que Inoru llevara esas prendas tan peculiares, así como dos broches hechos con rosas blancas, que sujetaban las dos largas coletas negras que llevaba.

Me resultaba incomprensible la razón por la que un ser como ella estaba en un lugar como ese, acompañándome. ¿Qué había pasado con su vida para verse convertida en la guía de un lugar tan tormentoso como el Infierno? ¿Qué era lo que me esperaba? Solo sabía que, una vez cruzara el portal, no había regreso posible. Y que el primer paso era cruzar el río Aqueronte. A partir de ahí, no sabía absolutamente nada. Y desconocía si estaba preparado para saberlo.

La travesía era larga, pues el portal que separaba este paraíso muerto del lugar de tortura eterna estaba exactamente en el centro del bosque, y yo había despertado en uno de los extremos. Por lo tanto, estaba bastante lejos de allí. E Inoru lo sabía perfectamente, por lo que intentaba atajar todo lo que era posible entre aquella maraña de ramas y vegetación. Era irónico que un laberinto que simbolizara la muerte estuviera formado por elementos vivos. Demasiado tétrico para mi gusto.

Tras caminar un rato infinitamente largo en silencio, acompañados solo por el ruido de las hojas al ser mecidas por el viento, tanto mi guía como yo observamos que el caos verde se iba transformando paulatinamente en flores. Y no unas flores cualesquiera: rosas. De todos los colores que podía imaginar. Desde las clásicas rosas rojas hasta rosas azules e incluso negras

—¿Preparado para comenzar tu viaje?

—Más de lo que imaginas, Inoru.

—¡Me gusta que seas así de valiente! Ahí abajo te hará falta…

—No te preocupes por mí. Voy muy bien armado —respondí recordando con satisfacción que tenía la Masamune cargada en mi espalda—. Si pasara algo, estoy preparado para atacar. Sea lo que sea.

Ella sonrío, como si supiera de antemano cuál iba a ser mi reacción. No sabía si sentirme cómodo o no con una mujer que, para empezar, ni siquiera era humana. No se veía malintencionada, pues me había rescatado de las arenas movedizas, a su manera y sin pensarlo. ¿Pero y si ella escondía algo?

Por el momento, lo más sensato era confiar, pues ella conocía este lugar y yo no. Si quería seguir adelante, no me quedaba más remedio que seguirla. Aunque, por extraño que sonara, parecía ser que realmente había muerto después de aquel combate contra Cloud en la Corriente Vital.

Cada vez iban apareciendo más rosas, hasta que, de un momento a otro, llegamos a un claro. Era lo suficientemente grande como para poder contemplar el cielo sin ninguna clase de obstáculos. Era un atardecer tan bonito y anaranjado que parecía que el manto que nos cubría estaba formado por llamas. Además, la brisa fresca que soplaba hacía que las flores que había en aquel lugar se mecieran suavemente, perdiendo algún que otro pétalo que volaba ligeramente por el aire, incluso de las rosas que llevaba Inoru en el pelo.

Pero si había algo que destacaba incluso más que ver el cielo o la gran cantidad de flores que había allí, era el portal que habíamos venido a buscar. Imaginaba que sería como una especie de distorsión de Corriente Vital que permitía que nos pudiéramos desplazar a través del espacio e incluso del tiempo sin problemas. Aunque en realidad no se parecía en nada a lo que había imaginado durante el paseo, pues era una especie de alcantarilla vertical hecha de piedra, teniendo en su sección central algo que parecía ser agua, pues desde el centro exacto del círculo salían ondas que llegaban a los bordes. En cuanto al líquido que se movía, era una capa muy fina y transparente, dejando ver lo que había al otro lado del mismo.

No obstante, todo aquello no era nada con lo que acababa de ver. En la roca había grabados unos versos en letra muy pequeña, que se extendían a lo largo del perímetro del círculo.

Por mí se va hasta la ciudad doliente,
Por mí se va al eterno sufrimiento,
Por mí se va a la gente condenada.

La justicia movió a mi alto arquitecto.
Hízome la divina potestad,
El saber sumo y el amor primero.

Antes de mí no fue cosa creada
Sino lo eterno y duro eternamente.
Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza

Tras leer detenidamente la advertencia que narraban aquellos versos, sentí algo de terror. Era evidente que no me estaba yendo de pic-nic con mis amigos de la infancia, sino a un lugar en el que la eternidad era sinónimo de dolor, sufrimiento y castigo. Un lugar en el que, una vez que entras, ya no hay manera de salir.

—No te preocupes, Sephiroth. Es normal sentirse alarmado ante la advertencia de Caronte. No en vano, será él quien nos ayude a cruzar el Aqueronte. Después de eso, podría decirse que ya estamos en el Infierno, con todas sus letras.

Al escuchar esas palabras, una duda invadió mi cerebro. Y no era si cruzar el portal o no. A pesar de lo peligrosa que era la aventura que me esperaba, tenía la seguridad de querer vivirla. Y eso que desconocía completamente lo que me esperaba. La duda que me atormentaba era otra. ¿Cómo era posible que Inoru conociera tan bien el Infierno, si una vez dentro no había manera de salir?

—Yo no tengo miedo. Al fin y al cabo, tan solo son palabras. Pueden ser verdad o no. Y, aunque lo sean, yo mismo creé un Infierno en mi mundo. Estoy preparado.

Inoru me miró entre asombrada e incrédula. Eso me hizo suponer que ella desconocía totalmente lo que le había hecho al pueblo de Nibelheim hacía ya casi seis años atrás. Cada vez que recordaba la furia que ardía dentro de mí y las llamas que me rodeaban, sentía que aquella furia volvía. Afortunadamente, no con la misma virulencia que sentí aquel funesto día, pero las imágenes de gente siendo asesinada con mi Masamune no se me olvidan a olvidar jamás. Ni el odio que sentía hacia el mundo por entonces.

—No falta mucho para que se haga de noche. Si eres un hombre sensato, lo mejor que puedes hacer ahora mismo es cruzar el portal.

—No necesito que me lo estés recordando. Soy perfectamente consciente de la situación. Si lo cruzo acabaré en el Infierno. Si no lo cruzo acabaré en el Infierno. Haga lo que haga acabaré en el Infierno. Así que, como entenderás, lo más inteligente es optar por la vía rápida, ¿no crees?

Ella no dijo nada. Se limitó a mirarme. Con esa actitud me dio a entender que yo debía ser el primero en aventurarse en averiguar qué era exactamente lo que había al otro lado del portal. Así, sin pensarlo demasiado, releí la advertencia que estaba escrita en la roca y, una vez que terminé de hacerlo, miré fijamente hacia el punto desde el que salían las ondas que hacían agitarse a aquel misterioso líquido y di un paso, que me acercó más a aquella membrana. Pero, al siguiente paso, la crucé por completo.

Era extraño, pues no notaba que me estuviera mojando en absoluto. De hecho, aquella materia no se sentía como si fuera un líquido. Pero no importaba, pues casi al instante después de formar parte de aquello, una luz muy intensa me cegó. Y, a continuación, pude ver lo que me esperaba.

Mi aventura había comenzado.
Notas de autor: sí, más notas. No sé si habéis jugado a Final Fantasy X, pero si no lo habéis hecho, os explico. El nombre está inspirado en el hogar de los Guado, el Guadosalam. Así que Evesalam vendría a ser como "El hogar del mal". Pronunciado como Év'salam. ¿Tiene sentido? Bueno, es fantasía, lo importante era crear un mundo que pudiera sostenerse por sí mismo.

4 de enero de 2015

Sephiroth's Inferno - Prólogo

Nota de autor: he optado por publicar el prólogo que escribí. No es realmente importante, pues realmente es un resumen de lo sucedido en Crisis Core y Final Fantasy VII desde la perspectiva de Sephiroth. He procurado no alargarme mucho porque muchas cosas se saben. Y siento la "trampa" de haberlo puesto como publicado el 4 de enero, cuando realmente lo estoy publicando el 11 de febrero. Simplemente quería que estuviera antes del Capítulo 1. Por si acaso.
Llamadme Sephiroth.

Es posible que conozcáis mi nombre y todo lo que ello significa. Soy el fruto de un experimento científico que trataba de traer al mundo alguien con los poderes de la raza conocida como Cetra, aunque realmente soy el descendiente genético de Jénova, la calamidad del cielo.

Fui un miembro de Soldado. De primera clase, junto con mis amigos Angeal y Génesis. Los tres resultamos ser parte de la misma idea científica, pero con otros nombres. Mientras los poderes de mis amigos se iban deteriorando, los míos no paraban de crecer. Tanto, que incluso me temían mis propios aliados.

Al finalizar la guerra con Wutai, fui destinado junto con el recientemente ascendido Zack Fair y dos soldados rasos más a Nibelheim, un pequeño pueblo perdido entre las montañas, pues el reactor Mako instalado en el Monte Nibel estaba fallando. En las entrañas de aquella maquinaria humana descansaba mi madre, Jénova, esperando a que la descubriera y decidiera reclamar el mundo que ella había venido a buscar.

Después de darme cuenta de que quienes creía mis personas de confianza habían estado ocultando todo lo que tenía que ver con quién era, preso de la furia, arrasé la pequeña villa, quemando todo cuanto encontraba y asesinando con mi Masamune a todo aquel que osara resistirse.

Una vez conseguí alcanzar el reactor a solas, tuve que enfrentarme a Zack y a uno de los soldados rasos, Cloud Strife, para liberar a mi madre. El plan no salió del todo bien, pues solo pude llevarme parte de su cuerpo conmigo. No obstante, todos creyeron que había muerto allí y que mi intento de recuperar el mundo en nombre de los Cetra iba a quedar en nada. Se equivocaron.

Un día, cinco años más tarde, cuando prácticamente nadie recordaba mi nombre salvo por ser el héroe de una guerra absurda, utilicé la cabeza de Jénova para hacerla aparentar que era yo e irrumpí en el edificio Shinra aprovechando el caos que habían organizado Cloud y sus amigos. Tal y como sospechaba, su cuerpo descansaba en una cápsula, así que la liberé. Shinra pagó por aquel error quedándose sin el que había sido su presidente hasta entonces.

Usando a mi madre para proyectarme en diversas partes del mundo, conseguí aún más información y pude averiguar la forma de llevar a cabo mi plan: la Materia Negra. Con ella, sería capaz de invocar a Meteorito, hacer que impactara en la Tierra y provocar una herida tan grande en el mundo que la Corriente Vital se concentraría en ese lugar para sanar el planeta. Y allí estaría yo para absorber esa energía y renacer como un nuevo dios.

Pero había algo que se interponía en mis planes: la última Cetra. Ella sabía que, si utilizaba el poder de la Materia Blanca, Sagrado protegería al mundo y, con ello, mi plan quedaría aniquilado. Así que no tuve otra alternativa que matarla. Aunque no lo iba a hacer yo, sino su querido Cloud. No obstante, incluso aquello se torció, así que tuve que usar el cuerpo de mi madre para que adoptara mi forma y matarla yo mismo con la Masamune.

Tras descubrir que me era posible manipular a Cloud prácticamente como si fuera una marioneta, le utilicé para obtener la Materia Negra y despertar de mi letargo. Y funcionó. Ya no necesitaba usar a mi madre para recorrer el mundo y seguir adelante para recuperar el mundo.

Aunque el planeta intentó defenderse convocando a los Armas, no pudieron deshacerse de mí. Al menos contribuyeron a que esos tiranos de Shinra dejaran de robar la energía que a mí me pertenecería. No obstante, la poderosa amenaza de los Armas no había sido suficiente para detener a Cloud y sus amigos. Así que tuvimos que vernos las caras en lo más profundo del Cráter del Norte.

Primero lucharon contra mi madre, pero ella no fue suficiente para ellos, así que tuve que hacerlo yo mismo. Primero muté a un ser extraño, pero bastante fuerte e implacable. El combate fue largo, pero no pude salir victorioso, así que tuve que adoptar la auténtica forma que escondía dentro de mí; la de una criatura divina con una única ala capaz de invocar a la energía del Universo: Super Nova.

Aunque en ese combate usé toda mi fuerza, ni siquiera Super Nova pudo acabar con aquel grupo de personas, así que terminé prácticamente destruido vagando por la Corriente Vital, como un ser más allá de lo físico. No obstante, la poca energía que me quedaba me imploraba un último combate con aquel que se había interpuesto una y otra vez en mi plan: Cloud.

Manipulándole por última vez, le conduje hasta el lugar en el que me escondía para luchar. A solas. Espada contra espada, como los soldados que habíamos sido. Sin embargo, yo estaba tan débil y él tan henchido con la energía del planeta que, antes de que me diera cuenta, estaba siendo víctima de su ataque. Así, hasta lo poco que había quedado de mí había sido reducido a la nada, pues lo que suponía que era mi cuerpo estaba totalmente ensangrentado y me sentía exhausto. Los ojos me pesaban muchísimo.

Iba a morir como un humano miserable, sin sueños y sin honor.

Safe Creative

Safe Creative #1407230131143