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30 de mayo de 2018

Nunca más

La voz de aquel ángel de seis alas aún resuena en lo más profundo de mi mente. Me advirtió de que caería en la más desesperada de las pasiones. Que me rompería por dentro. Que querría morir por el dolor. Pero, a pesar de todo, ella me esperaba para entregarse a mí en cuerpo y alma.

¿Pero de qué me vale una promesa de amor eterno si ahora siento que esa misma belleza se está escurriendo entre mis dedos?

He perdido las fuerzas hasta tal punto que me despierto llorando y me duermo de puro agotamiento por llorar. No sé cuántos días han pasado, y sinceramente, tampoco me importa. No soy más que un amasijo de sentimientos rotos que han perdido toda ilusión por vivir.

Aquellos recuerdos tan bellos que construimos juntos se me clavan como las espinas de las rosas que me regalaste al verme. Y, aunque deseo con todas mis fuerzas atrapar mi mente en aquellos días de verano en los que fui tuya, el dolor de este frío noviembre me recuerda la cruda realidad: nunca más.

De no ser porque sé que solo servirá para alargar la agonía, me mentiría a mí misma con falsas esperanzas. Porque sé que esto va a dejar cicatrices muy profundas en mí, heridas que nunca cerrarán aunque tenga frente a mí al ángel que me juró estar esperando por mí.

No sé cuántos días pasarán. Quizá no sean solo días. Pero necesito llorar todo lo que ha quedado en mi corazón y no pude entregar. Y aunque consiga hacerlo, sé muy bien que habrá noches en las que no pueda evitar recordarte.

Hasta entonces, seguiré en el que se ha convertido en mi lecho de sueños rotos, abrazando lo único que me queda de ti. Algún día volveré a florecer, pero por ahora solo quiero marchitarme en soledad.

20 de mayo de 2018

Querida princesa

Ah, mi princesa… Ahora que por fin dejarás de ser una bella durmiente estás más cerca el momento de nuestro encuentro. Pero aún debo esperar a que la inocencia de tu corazón se hunda en la desesperación de la vida. Solo entonces podré encontrarte.

Si aún escuchas mi voz en tus pesadillas, quiero advertirte de que tu camino hacia mí es como un jardín de rosas a punto de florecer. Llenas de esperanza e ilusión, se mueren por mostrarle al mundo su efímera belleza. Pero olvidan que el alto precio de tal milagro son sus espinas. Tú, mi inocente golondrina, eres como una de esas rosas, con la sutil diferencia de que serás tú quien se pinche con tus propias espinas.

Caerás en las más desesperadas pasiones, te inflamarás en los más dulces venenos e incluso te romperán tantas veces que desearás que llegue pronto el final. Pero aún así sé que eres una princesa guerrera y seguirás caminando, aunque tu alma suspire por ahogarse en tu océano de lágrimas.

Aunque soy capaz de escuchar todos y cada uno de tus gritos de terror, no podré hacer nada para ayudarte, amada mía. Es un infierno que debes recorrer en soledad, aprendiendo a aceptar el dolor. Querer sentir el dolor de ese millón de espinas perforando tu pálida piel. E, incluso, suspirar para poder sentir ese dolor eternamente.

Entonces, cuando el sufrimiento te haga asfixiarte de desesperación, morirás como golondrina, pero renacerás como el más hermoso de los ángeles. Cuando sientas el abrazo de tus ardientes alas todo el dolor se convertirá en un amor tan puro que brillará en la oscuridad de este mundo corrupto. Y, cuando llegues a ese deseado momento, podremos reunirnos.

Ah, mi ángel… Si aún sigues sumida en tu pesadilla, quiero hacerte una promesa. Cuando todas las rosas que me rodean empiecen a florecer, será cuando tú y yo al fin nos encontraremos. En el momento en el que tus iris marrones vean mis iris escarlata buscaremos fundirnos en un abrazo que reúna nuestros corazones.

Cuando tal milagro suceda, con la luna llena por testigo, prometo bailar nuestro tango de la victoria contigo. Buscando volverme una con tus labios, deseando perderme entre tus caderas. Será entonces cuando entiendas que todo lo que está por venir no es más que una prueba de amor.

Los pétalos de este rosal infinito serán nuestro velo, protegiéndonos de los ojos de quienes nunca podrán entender nuestro amor. Será entre esa cálida intimidad donde nos robaremos el aliento la una a la otra. Será entonces cuando bailemos al mismo son hasta el amanecer y entiendas que tu corazón y el mío siempre han sido el mismo.

No obstante, sé que eres frágil como el último pétalo de cerezo necesario para hacer renacer la primavera. A pesar de todo, creo en ti con la misma fuerza con la que el sol cree en la llegada del amanecer. Te prometo que nos volveremos una antes de lo que imaginas.

Hasta entonces, soy yo la que debe dormir. Aunque mi sueño se inundará de tu terror, sé que cuando nos encontremos esa oscuridad se desvanecerá.

Despierta, mi princesa. Despierta y empieza tu camino a la desesperación. Entrégate a ella, y seré yo quien se entregue a ti.

4 de julio de 2016

Confesiones de una libreta

Nota de autora: en caso de que no sepáis a qué libreta me refiero, quizá deberíais leer esto. Y sí, sé que este texto es viejo, pero me hacía ilusión recuperarlo.
Mi historia empieza como la de cualquier otra libreta. Ya sabéis, talar un árbol, extraer la celulosa, fabricar el papel… Lo típico.

Después de todo eso me vi convertida en una libreta Guerrero. De tamaño cuartilla. Con 60 páginas cuya única marca eran las pautas de una línea de fábrica. Número de referencia 71331. Por si os interesa haceros con alguna prima mía.

En uno de esos azares del destino, antes de conocer a la que sería mi Ama, acabé en una pequeña isla del Atlántico. Más concretamente en un pequeño bazar que, casualmente, tenía cerca un instituto, un colegio de monjas y una biblioteca. Parecía ser el sitio idóneo para que alguien normal y corriente me comprara y me inundara con sus aburridos deberes. Lo que suele esperarse de una libreta normal y corriente.

Pero apareció ella.

Al principio pensé que era la típica chica de instituto que lleva aires alternativos. Aunque algo más echada a perder, la verdad. Hasta que me compró y empecé a conocerla. Su pelo lila me había tomado totalmente desprevenida, ya que me esperaba algo más típico de adolescentes: un diario íntimo. Pero en lugar de eso me dejó un tiempo en blanco, decidiendo con qué llenaría mis páginas. Porque, descartados los debes, los apuntes y hasta el diario, ¿qué quedaba?

Relatos.

Pero no relatos cualesquiera… ¡Relatos eróticos! Eh, que a mí me daría igual de no ser porque, para colmo, son escritos… ¿Cómo describirlos…? Enfermizos. ¡Eso es! Enfermizos.

Y desde ese día de finales de abril, mi Ama, que aun sabiendo en su locura, me maltrata escribiendo en mis hojas cosas que asquearían a cualquiera. Sangre y golpes, golpes y desnudos, desnudos y sangre… ¿Verdad que es asqueroso? Pues imagina que escriban algo así en tu piel. Te lo borrarías lo antes posible. Lo sabes. Lo sé.

Lo peor vino a mediados de junio. Me vine a enterar de casualidad que sería una especie de regalo para alguien muy estimado por mi Ama. Al menos en sentido romántico. Y ahí ya supe que mi vida será extremadamente miserable. Mi Ama inundará hasta la última de mis páginas con sus desvaríos emocionales. Y después de eso, para mayor humillación, seré entregada a un completo y absoluto desconocido que leerá y releerá mis páginas con lascivia una y otra vez hasta que, algún día, se aburra de las palabras de mi Ama (o mi Ama en sí) y acabe abandonada en algún lugar oscuro y polvoriento de su casa. O peor: en la basura. No, por favor, ¿acaso hice algo mal siendo un árbol? ¿Acaso era un sauce boxeador y noqueé a alguien?

Espero que mi futuro Amo al menos tenga la consideración de tratarme con el mimo con el que me trata mi actual Ama. Aunque es cierto que escribe cosas horribles y que además aprieta el lápiz al deslizar su punta sobre mis hojas, nunca me las ha arrancado. Ni me las ha roto. Tampoco ha tolerado que me ensucie o me llene de faltas de ortografía. Y a veces hasta perfuma delicadamente mis tapas. Sinceramente, me conformo con que no me hagas daño. ¿Te parece bien, futuro Amo?

Ay… Con lo fácil que hubiera sido ser una simple libreta de deberes…

6 de febrero de 2015

Forajido

El amanecer me acogía entre sus brazos, como había hecho todos los días de mi vida. La fogata de anoche ya estaba reducida a cenizas, mi caballo dormía después de un duro día de galope y mi petaca de whisky yacía olvidada cerca de mi improvisado lecho y sin una triste gota en su interior.

¿Podría haber escogido una vida fácil? Sí. Podría haber heredado el rancho de mi padre. Podría haberme convertido en el nuevo sheriff. Incluso, si hubiera sido un hombre de bien, podría haber llegado a alcalde.

Pero esa no era la vida que yo quería. Yo necesitaba algo más. Y por eso me convertí en un forajido.

La dulce brisa de la aventura acariciaba mi rostro cada día, mientras cruzaba cañones y estepas a lomos de mi único amigo. A veces me topaba con otros como yo, pero mi determinación era tan grande que al final sucumbían ante mí. No en vano, nunca había suficiente sangre en mi puñal ni suficiente pólvora en mis manos.

Cuando llegaba a un pueblo nuevo, solía encontrarme carteles con mi cara ofreciendo una cantidad bastante generosa por mi cabeza. A pesar de que los arrancaba sin disimulo alguno, nadie se atrevía a toserme. Ni siquiera en el burdel, donde olvidaba el frío de las noches en el desierto refugiándome entre los pechos de alguna muchacha.

Aunque mis paseos por zonas habitadas eran fugaces, mi fama como villano iba creciendo cada vez más. Y, a pesar de intentar no ceder a mis deseos de sexo y alcohol, eran dos tentaciones inevitables y que poco a poco me iban costando más caro.

El alba era un regalo que no estaba dispuesto a desaprovechar, así que me defendí de aquellos que me querían ajusticiar clavándoles mi daga y disparando con mi revólver. No obstante, sabía que cada puñalada y cada bala me acercaban un paso más a la horca.

Aun así, no tenía miedo, porque aunque me hicieran desfilar hasta el patíbulo y hacer que me encontrara con la Parca, había algo que ni esa cuerda podría quitarme: mi libertad.

21 de octubre de 2014

Amantes

Al fin tenía a esa persona para ella. Aunque solo fuera un sueño que se desvanecería con el primer rayo de luz. Pero había esperado aquello durante tanto tiempo que le daba igual que no fuera real.

Sin pensarlo, se lanzó hacia sus brazos y buscó el calor de su cuerpo, aquel que tanto había extrañado cada noche.

—Puedo oler tu perfume —le susurró sensualmente.

—Yo puedo sentir tu piel.

Los amantes se miraron a los ojos y, extasiados por la emoción del encuentro, se dejaron atrapar por aquel beso que aún no podía escapar de sus labios. Era mucho más cálido y pasional de lo que nunca habían llegado a imaginar, haciendo que el deseo que dormía dentro de ellos despertara de una forma muy violenta.

Procurando no cortar aquel beso tan caliente, dejaron que sus manos recorrieran cada rincón de su piel, apartando como podían la tela que les cubría. Mientras, sentían que sus ganas de tenerse el uno al otro crecían como las llamas en un incendio. Lentamente, pero de una forma que hacía que fuera difícil mitigar aquellas sensaciones.

—Todo esto acabará cuando me despierte.

—Entonces no despiertes nunca —le sugirió mientras llevaba sus labios hacia el fino y delicado cuello de la chica.

—Pero mañana volveré a soñar esto.

—¿Nunca te has preguntado cómo acaba?

—Lo sabes tan bien como yo.

Su intimidad latía con fuerza, pues sabía que pronto iba a amanecer. Y aquello significaba que él no sería suyo por otra noche más. No obstante, el deseo que sentía por el hombre al que abrazaba era tan fuerte que se planteó seriamente el resistir su impulso natural de despertar, para satisfacer el vacío de amor y lujuria que refrenaba la distancia que les separaba.

¿Y si lo intentaba y se emborrachaba de pasión?

6 de septiembre de 2014

Hermanas

Hoy Sofía y Estrella dejaban España. No sabían si era por un tiempo o sería para siempre, pero dejar el país que las había visto nacer era algo que nunca se hubieran imaginado.

Como otras muchas personas, ellas y sus padres se mudaban para prosperar y poder tener una vida feliz sin temer perder el día menos pensado sus empleos o que les quiten libertades sin saberlo. Nadie merecía vivir así.

Las niñas iban sonrientes en el coche. Sabían que el viaje sería un poco largo y tendrían que parar varias veces, pero estaban tan ilusionadas ante las nuevas experiencias que iban a vivir juntas que poco les importaba todo lo demás.

Era cierto que dejaban muchísimas cosas atrás. El colegio en el que habían estudiado desde que eran pequeñas, sus amigas de clase, el parque al que iban a jugar, el kiosko donde compraban golosinas… Eran demasiados recuerdos y no podían llevárselos de forma tangible con ellas, pero esos momentos estarían siempre en sus corazones.

Pero si había algo que iba a acompañar a Sofía y a Estrella allí donde fueran era la gran hermandad que las unía.
Nota de autor: ¡Sorpresa! Este SÍ es el último texto del reto de las cinco palabras, exceptuando uno que es más largo y es más bien una especie de duelo. Las palabras me las ha dado Weny Elena Moreno, desde Facebook. Ha elegido niñas, país, vida, hermandad y experiencias. Además, me ha pedido que utilizara los nombres Sofía y Estrella en, al menos, una ocasión.

En la calle

El desamor fue lo que me llevó a este país. ¿O debería decir despecho? En cualquier caso, los acontecimientos hubieran sido los mismos. No hay oportunidades para mí.

Vivo en el frío de la calle. En soledad. Sin esperar ningún milagro porque yo ya hice todo lo posible para luchar por mí, aunque sin obtener nada. No soy más que una esclava de mi propia impotencia.

Con la tristeza pintada en los ojos, pido a los viandantes cualquier cosa que puedan darme. No quiero dinero, pues no soy una drogadicta. ¡Solo quiero poder echarme algo de comida en el estómago! ¿Es tan complicado de entender?

Por la noche, como hace demasiado frío como para tratar de dormir a la imtemperie, me refugio en un cajero automático. Aunque pueden ser lugares seguros y bastante cálidos, no es la primera vez que llegan a mis oídos noticias de niñatos que, creyéndose mejores que los que terminamos en la calle, deciden quemarnos vivos. O gobiernos que, considerándonos una plaga en vez de un síntoma de los problemas que ocasionan, hacen que los pocos sitios seguros que hay dejen de serlo.

Es muy duro. Tan duro que si me reconocieran lo negaría todo. No es mi culpa, pero sí mi vergüenza.
Nota de autor: Salvo imprevistos, doy por terminado el reto que he estado haciendo todo el día. Las palabras que me ha dado Mariana Palacios (Facebook) para este relato son soledad, frío, desamor, impotencia y tristeza.

Dulcelandia

¿Es esto real? ¿O es tan solo fantasía? Poco importa, pues este mundo es tan alegre y colorido que me encanta. Trenzas de chocolate flotan por el cielo haciendo las veces de nubes, un alien camina por la calle disfrazado de humano anunciando pizzas de fruta y el rey de este mundo resulta ser un perro.

Es todo tan alucinante que no puedo evitar perderme en las calles de esta ciudad que estoy visitando. Los edificios están hechos con bloques de helado, el sol es un disco de plastilina amarilla y las aceras son placas de Lego. Resulta muy estimulante. Por eso todo el mundo sonríe. Por eso me están contagiando su felicidad.

Este lugar es tan especial que los médicos curan el escorbuto con gominolas en vez de con frutas. Aquí nadie tiene caries aunque comen muchísimas cosas dulces y los chicos bailan mientras comen alitas de pollo. Parece un sueño. O una fantasía muy extrema. Pero es tan perfecto que no quiero irme.

—Pobre chica... Necesita una dosis de haloperidol. Está teniendo un delirio bastante… Curioso —matizó un hombre con una bata blanca, en la que llevaba una placa que rezaba “Doctor Ortega”.

—Está bien, doctor —confirmó una enfermera que parecía estar de prácticas. Ahora le suministraré su dosis.

Entonces, lloré. ¿Tampoco había sido real esta vez?
Nota de autor: Solo falta uno por escribir. Las palabras me las ha dado Carlos Peinado desde Facebook y ha escogido haloperidol, trenza, escorbuto, sueño y alien.

Sirenas

A través de los siete mares , ellas eran tan conocidas como temidas. Aunque parecían mujeres normales, de cintura hacia abajo su cuerpo era el de un pez. Eran sirenas, y desde el más despistado comerciante hasta el más avispado de los piratas sabían que ellas eran de todo menos buenas.

La música que ellas hacían salir de sus labios era capaz de atraer a cualquiera hacia las rocas donde ellas reposaban. Por eso, entonaban sus melodías, cargadas de promesas acerca de un paraíso lleno de fuego. Promesas que se rompían en pedazos cuando sus navíos terminaban destruidos al chocar contra sus guaridas. Y ellas gozaban con el fúnebre espectáculo.

Todos lo sabían. Conocían de sobra que escuchar los cantos llenos de lascivia de una sirena era un claro sinónimo de muerte, pero sus melodías eran tan seductoras que no siempre podían resistirse. Por eso, todo aquel que pasara más tiempo en el mar que en tierra firme sabía que no había cuerdas ni tapones suficientes para alejarte de sus designios. Si una sirena escogía tu embarcación, podías darte por muerto.

Así, hasta hoy, ellas siguen siendo las reinas del océano. Aún no existe nada que pueda salvarte de sus sensuales y depredadores cánticos. Si te encuentran, les perteneces.
Nota de autor: Estoy en la recta final del reto. ¡Cuatro horas más! Las palabras de este relato son música, fuego, paraíso, océano y muerte y me las dio Manuel Pérez desde Facebook.

Doctor Ortega

El Doctor Ortega era un hombre peculiar. No por su profesión, no por sus creencias, ni siquiera lo era por la curiosa coincidencia entre su apellido y su marca de café favorita. Simplemente era un hombre que poseía la curiosa contradicción de ser un hombre de ciencias y, a la vez, creer en Dios, tal y como su dije en forma de crucifijo le contaba al mundo.

Sus mañanas empezaban con un repetitivo vals haciendo las veces de despertador. Después de un café cargado con tres copiosas cucharadas de polvo soluble y una ducha con agua fría, luchaba como todo mortal contra el atasco que se originaba en su ciudad en las horas punta.

Aunque, en el hospital, la melodía nunca cambiaba. Desde señores que simplemente tenían el colesterol un poco alto hasta auténticos combates épicos por salvar pacientes de la muerte, pasando por pacientes que se habían hecho daño en el esternocleidomastoideo simplemente por tener una mala postura para dormir.

Muchas veces le habían comparado con cierto doctor televisivo adicto a la vicodina, pero Ortega huía de los tópicos. Se limitaba a ser él mismo. Un hombre de ciencias dentro del hospital. Un hombre temeroso de Dios fuera de él. En resumidas cuentas: un hombre que era feliz con lo que hacía.
Nota de autor: Poco a poco, voy completando todos los retos que me han llegado. Este pertenece a Tiphareth Jardim, de Facebook. Las palabras que ha escogido son colesterol, dije, muerte, vals y esternocleidomastoideo.

Adiós

Ojalá pudiera retener tu sonrisa en mi recuerdo. Ojalá pudiera rememorarte lleno de felicidad. Como si nada de esto hubiera pasado. Pero todo ha acabado, para bien o para mal.

La distancia me es insoportable, el deseo que sentía hacia ti solo se ha convertido en un abismo de odio y oscuridad. ¿Por qué? ¿Por qué las piras de pasión que encendíamos solo con nuestras miradas no han dejado ni las cenizas? Echo de menos tus labios besándome, tus brazos atrayéndome hacia tu cuerpo, tus manos acariciándome y tus ojos desnudándome hasta el alma. Pero de todo aquello ya no queda absolutamente nada.

Entiendo tu desprecio, pues solo por ser mujer no puedo darte lo que mereces. Pero buscando tu cielo has invocado mi infierno. Y allí, en las oscuras cuevas de la soledad, ni la luz de tu sonrisa puede consolarme.

Sé feliz, pues yo ya no puedo hacer nada. Mi poesía me abandona, mis rimas suenan discordantes y mis palabras ni siquiera suenan sinceras. Sé feliz, por todas las veces que me contentaste incluso por tonterías. Sé feliz, insisto. Porque si tú no eres feliz, entonces yo no seré nada.

Y ahora, deja que arda en las llamas de mi corazón roto.
Nota de autor: ¿Pensábais que había terminado? Pues no. Las palabras que me han dado para este relato han sido desprecio, distancia, deseo, sonrisa y recuerdo. Me las ha dado Mar García desde Facebook.

El payaso y la cornucopia

Era la noche de Reyes. Juanjo intentaba dormir, pero estaba tan nervioso que era imposible. ¿Qué regalos le llevarían los reyes ese año? Se sentía inquieto, pues él quería una bicicleta para poder ir al colegio sintiendo la refrescante brisa mañanera del pueblo costero en el que vivía.

El niño cayó dormido, quedando atrapado en un sueño lúcido. Era muy extraño, pero aún así intentó olvidar sus nervios, hasta que vio a un payaso muy colorido y extravagante que le había asustado.

—¡Hola, niñito! Veo que has sido un buen crío. ¡Y mira qué notas! Creo que eres el único que va a poder buscar en mi cornucopia este año…

Juanjo puso cara de sorpresa. ¿De dónde había salido aquel payaso y por qué le ofrecía tan agradablemente hurgar en algo suyo? No lo entendía, pero siguió escuchando lo que tenía que decirle, mientras miraba el cuerno que le esperaba a lo lejos.

—Sé que tu deseo es tener una flamante bicicleta, pero tus padres son tan pobres que seguro que no han podido conseguir ninguna. Yo te daré la que ves en mi cornucopia a cambio de una cosa. Quiero que encuentres un corazón de plastilina. ¿Aceptas el reto?

El chico aceptó el reto, sin haberse dado cuenta de que en su mano derecha ya tenía lo que el payaso le pedía. Sin saber que, en cuanto despertara, tendría su regalo al lado de la cama.
Nota de autor: Tranquilos, aún queda para rato. Las palabras que he tenido que usar en este relato son cornucopia, deseo, imposible, lejos y plastilina. Me las ha dado Carlos Merino desde Facebook.

El portal de los deseos

Había sido muy difícil llegar hasta aquel corredor. Se hacía infinito ante sus ojos, pero aquello era por los destellos de luz que eran reflejados por los pequeños fragmentos espejados que estaban entre las rocas.

Aquella aventura no había sido por el poder, ni por salvar el mundo, ni nada parecido. Todo era mucho más simple y emocional: Norma quería conocer a su abuelo. Había caído enfermo de cáncer antes de que ella naciera y, aunque la guerra fue larga, la terminó perdiendo.

No obstante, una noche oyó un cuento. Una historia que hablaba de un portal que podía llevarte donde quisieras. Allí donde tu corazón realmente quería estar. Desde entonces, Norma se lanzó decidida a la complicada tarea de encontrar ese lugar y conocer al hombre que le dio la vida a su madre.

Convencida de que un ser superior quería apiadarse de ella, luchó como solo ella sabía para hacer su deseo realidad. Así, después de muchos sacrificios, llegó hasta donde estaba el portal. Con lágrimas de emoción que había contenido durante muchísimo tiempo, se arrodilló ante él y se dejó invadir por la luz cegadora que lanzaba a lo largo del túnel.

—Por fin, abuelo… Por fin.

Y, avanzando a gatas, entró en él. Y se encontró en un prado de flores con aquel señor esperándole.
Nota de autor: Aún tengo bastantes grupos de palabras pendientes, así que aquí estoy, escribiendo. Las palabras que he tenido que usar para este relato son de Joh Ann Guh, de Facebook. La lista estaba formada por portal, superior, difícil, poder y luz.

El nigromante

El gato negro paseaba haciendo sonar su cascabel. Resultaba una escena demasiado adorable en comparación con lo que estaba haciendo su amo, el cual removía en un caldero enorme la sangre y las vísceras de unos montañeros que habían tenido la desgracia de acercarse demasiado a su territorio.

Sumido en un delirio lleno de sadismo, el nigromante seguía removiendo su repugnante brebaje, como un cocinero mezclaría su potaje. La oscuridad había devorado hacía ya mucho tiempo hasta el último resquicio de luz que podía quedar en él, convirtiéndolo en un ser belicoso y sediento de destrucción.

A pesar de todo, su gato le quería. Nunca le había tratado mal, y siempre que lo necesitaba era bien alimentado con leche o salmón. Quienes le habían conocido antes de cambiar radicalmente pensaban que ese hombre había caído en la más profunda de las ignorancias, pero el felino sabía que no era así. Simplemente su visión del mundo le llevó a alejarse de todo aquello cuanto conocía, volviéndose un ermitaño dedicado a las artes oscuras.

—¡Por fin! Si nada sale mal, hoy podremos ver el futuro. ¿No te parece genial, Rubicante?

El animal maulló de satisfacción. Al fin y al cabo, su dueño era como cualquier otro humano, con sus propios sueños y aspiraciones.
Nota de autor: Continúo con el reto que he lanzado al aire. En este caso, las palabras que he tenido que utilizar me las ha dado Ánllelo Asdfasdf en Facebook y son nigromante, delirio, cascabel, ignorancia y belicoso. 
Por cierto, el nombre del gatito me lo he sacado de Final Fantasy IV. Rubicante es uno de los cuatro archidemonios elementales que sirven a Golbez durante el juego. En este caso, Rubicante representa el fuego.

Quetzacóatl

El náhuatl siempre le había parecido una lengua encantadora. Le recordaba a sus antepasados mexicas, aquellos que vivieron para fundar lo que sería la base de su país. Aquellos que creían, desde su conocimiento ancestral, que para apaciguar a los dioses, estos debían ser recompensados con sacrificios humanos.

Hoy en día muchos pensarían que ofrecer vidas humanas a cambio de calmar a seres intangibles era algo monstruoso e inhumano. Pero Yareni podía escuchar a Quetzacóatl, a diferencia de aquellos que vivían absorbidos por la tecnología. Cuantos más circuitos y electricidad incluían las personas en sus vidas, más sordos se volvían a los designios de los dioses.

A pesar de la sordera de los descendientes de aquellos seres humanos que tanto le habían venerado, la serpiente alada seguía reclamando, sin recibir respuesta. Le enfurecía en lo que se había convertido el mundo, y la única manera de solucionarlo era recibir la sangre de alguien que creyera firmemente en sus designios.

Por eso encontraron a Yareni muerta. Sin violencia, sin aparente dolor y sin apenas explicaciones. Solo una simple nota. “Quetzacóatl me necesitaba. A mí y a todos los hijos de los mexicas”. Aunque la sangre de la joven no era suficiente para contentarle y proteger a sus fieles.
Nota de autor: Este es el tercer texto del día. En este caso, las palabras me las ha dado LMK Edward desde Facebook. Sus palabras son náhuatl, mexicas, sacrificios, tecnología y monstruoso.

El agente de aduanas

Trabajar en una aduana nunca era igual. Y menos en un país como Australia, donde podían confluir fácilmente viajeros de cualquier país por trabajo, por placer o, simplemente, para hacer negocios turbios.

Henry aún recordaba sucesos tan increíbles como aquella vez que un supuesto turista chino había camuflado cocaína dentro de un caleidoscopio, más concretamente detrás de los espejos que hacían que el juguete funcionara. Ingenioso, pero no lo suficiente como evitar haber sido descubierto.

También rememoraba con muchísimo humor a aquel turista que venía de Hawaii expresamente a surfear. Lo extraño no era el motivo de su viaje, sino lo que afirmaba respecto a su tabla de surf. El surfero, con una sonrisa llena de la característica pestilencia marihuanera, decía a todo el mundo que su tabla estaba enteramente formada de magma. Era gracioso, aunque no podía evitar sentir cierta pena por los gustos del chico.

Y como esas, Henry tenía muchas anécdotas sobre aquel trabajo que tanto le apasionaba. Aunque él estaba encantado con su contrato, había detalles que no le parecía bien que fueran tan vinculantes como el resto. Como las vacaciones. Pero pronto acabarían y podría volver a sus insólitas aventuras como agente de aduanas, hasta que otras vacaciones le obligaran a alejarse de aquello que le hacía sonreír.
Nota de autor: Sí, es otro relato que he escrito con cinco palabras que me han dado. En este caso, me las ha dado Bea Gurutzarri desde Facebook. Las palabras propuestas han sido caleidoscopio, magma, aduana, pestilencia y vinculante.
¿Se nota mucho que me gusta cierto programa de Discovery Max? Lo echo de menos.

4 de septiembre de 2014

Dragón

Su cuerpo, plateado y sinuoso, rompía la calma de la noche con sus movimientos. Parecía que el animal estaba solo, pero la luna llena, blanquecinamente flamígera, le acompañaba en su viaje, incendiando el cielo nocturno con su luz pálida y encantadora.

No necesitaba alas para volar. Y lo cierto es que tampoco necesitaba volar para sentirse libre. Pero la sensación de sentir el aire gélido de la noche recorriendo desde la primera hasta la última de sus escamas era uno de los pocos elixires que hacían que aún deseara permanecer en este mundo, cada vez más corrupto a su parecer.

Continuó su vuelo, cruzando algunas nubes. Al salir de ellas, las pequeñas gotas de agua que recubrían su anatomía refrescaban todavía más el cuerpo ardiente del dragón. Vivía por detalles como ese.

Dejó que su viaje sin rumbo siguiera, observando a su paso la perfecta comunión que hacían el mar y la tierra en la oscuridad. La belleza de aquellas imágenes fue tal que no pudo reprimir un rugido, que avivó la noche incluso más que la luz de su única acompañante.

Cayó en picado, a una velocidad vertiginosa. Parecía que iba a perder el control y morir ahogado en lo más profundo del mar. Pero, cuando faltaba poco para que se produjera aquel fatídico desenlace, con la misma rapidez con la que había descendido, subió hasta incluso más allá de las nubes.

Era libre, y siempre lo sería. Durante milenios, habían intentado subyugarle de las maneras más viles y ruines. Y, a pesar del daño recibido, siempre deseó lo que tenía en esos momentos. Su esencia, su existencia, su alma de dragón.

22 de agosto de 2014

Blanco

Esto es exasperante…

Te veo. Estás tan blanco y vacío que temo manchar tu pálida perfección con mis torpes palabras.

Te siento. Sigues tan imponente y fiero como siempre; dejándome claro que, hasta que no me decida, mandas tú.

Te escucho. Porque, aunque no haya nada en ti salvo pureza, en el fondo deseas acoger mi historia sobre ti.

Te admiro. Por la paciencia que demuestras cada vez que me postro ante ti sin decisión.

Te anhelo. Tener que esperarte y dejarte en un segundo plano cuando moriría por estar contigo todo el día es el más ardiente de los suplicios.

Te quiero. Eres el amigo que necesita y tiene todo escritor.

Te comprendo. Al ver el caos que desato en ti con mis delirios, me compadezco de herirte así. Y hasta de mi locura.

Y, aun así, querido folio en blanco, no me atrevo a dar el paso. Tal y como me contó aquel vampiro, escribir es la más oscura de las alquimias.

19 de agosto de 2014

Poesía muerta

Podría haber convocado las palabras más hermosas del mundo. Podría haber juntado un puñado de letras y contarte la historia más maravillosa que tus oídos podrán escuchar. Pero esa ya no sucederá. Nunca jamás.

Los poemas que guardaba celosamente en lo más profundo de mi corazón se derraman por mi piel, dejando de ser palabras para ser solo gotas de sangre. Gotas que me alejan de ti. Gotas que me acercan a Azrael. Es una belleza tan lúgubre y siniestra que ni siquiera para mí tiene sentido.

Mi piel se baña lentamente en mis versos, ya rotos y desfigurados. El dolor que siento es tal que no hago otra cosa sino acelerar mi propia destrucción, desangrándome cada vez más rápido. Llorando aquellos sonetos que guardé para nada. Destruyendo lo que una vez fui y lo que jamás volveré a ser.

Mis rimas se desvanecen. Mis emociones se vuelven humo. Todo va perdiendo sentido, excepto la luna llena mirándome morir.

9 de agosto de 2014

Con todo mi odio


Maldigo la tierra que pisas. Maldigo los rayos de sol que te iluminan. Maldigo la brisa marina que refresca tus noches. Por maldecir, maldigo hasta el aire que respiras. Por haberme herido, sin yo haberte hecho nada.

Que todas las lágrimas que he llorado se claven en tu piel como cuchillos afilados. Que mis gemidos de dolor se conviertan en el único sonido que escuches. Que todos y cada uno de los latidos de mi corazón te hagan entender que solo apareciste para causarme dolor.

¿Aún no es suficiente? Bien, pues deseo que tus labios sepan a bilis. Que tu piel sea fría y cortante como un cristal roto. Que tu corazón no sea más que una sombra de lo que tú hiciste conmigo. Así, te condeno a ser esclavo de tu propia soledad. Por tocar lo que no es tuyo, sin pensar que ya había una razón detrás de esa sonrisa que has matado con tus mentiras.

Que tu vida sea larga, pues mi castigo es demasiado benévolo para lo que has hecho. Tal vez, cuando mueras, Satán se apiade de ti. Pero no cuentes con ello, pues el Infierno está lleno de violentos y mentirosos.

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